Murakami: ¿Oriente? ¿Occidente? O nada.

ImagenTítulo: Tokio Blues (Norwegian Blues)

Autor: Haruki Murakami (1949- )

Año: 1987

Editorial: Tusquets. Colección Andanzas.

Murakami, el referente de la literatura japonesa—tanto en oriente como en occidente—en los tiempos que corren. El autor que convierte en best-sellers todo lo que toca. Y Tokio Blues: su primera obra verdaderamente prestigiosa, su puente a la fama.

Juzgar a un escritor de oriente desde los patrones literarios y culturales de la vieja Europa nunca resultó tarea sencilla. Los tempos, los espacios, las reflexiones: todo se presenta de diferente manera. ¿Cómo entrar a valorar la quietud y momentos estático-reflexivos tan presentes en la poesía asiática desde una mirada del frenético occidente? Ya en las primeras páginas de la narración Murakami abre con una consideración sobre la memoria y el olvido, algo muy oriental. El olvido, que se alza, y come poco a poco nuestro ser, hasta que logra borrar formas, colores, olores y, finalmente, hasta la silueta. “La memoria es algo extraño”.

Cierto es que de todo el planeta hubo autores que reflexionaron sobre la memoria, el olvido y la relación de ambos con al escritura. ¿Quién no está pensando en el magnífico Funes de Borges? (.pdf)[1] Sin embargo, la aproximación es diferente.

O qué decir sobre la escritura ‘terapéutica’, la escritura como arma de (auto)reconocimiento. “¡Es magnífico ser capaz de escribirle a alguien!” dice Naoko en la obra. Es magnífico para uno mismo, que se libera expresando sus pensamientos, que saca sus emociones para que no “se acumulen en el interior […] se petrifiquen y mueran dentro de uno”. ¿El receptor? El receptor podría considerarse algo secundario.

Pero hablemos en plata: ¿merece Murakami el bombo y platillo que se le ha dado? Sospechosamente alzado a la categoría de maestro, no estaría de más que alguien desmitificara la figura. Es bueno, nadie lo puede poner en tela de juicio, pero más por los pensamientos peregrinos que destila la novela en algunos puntos que por la obra en su totalidad. Murakami sabe venderse, de eso no hay duda. Imprime una musicalidad a la novela (a veces en el sentido literal de la palabra: las canciones subyacen en muchos de los momentos claves) que atrae y lleva al lector. A veces más rápido, a veces más lento. Pero lo kitsch se cuela por las rendijas una y otra vez, y lo kitsch es lo que un autor de la más alta categoría no se puede permitir. La escena de los Siete narcisos es un claro ejemplo de ello.

La novela tiene una base indudable: el triángulo, siempre tenso, formado por el amor, la muerte y el sexo. Y como Tokio Blues es, esencialmente, una novela de personajes, todo gira entre las relaciones amorosas, mortales y sexuales entre ellos. Los suicidios imponen una pauta en el curso de la novela y las actitudes de los personajes (Watanabe, especialmente); el sexo explícito, por su parte, muy bien detallado pero sin el peso que tiene la vida y la muerte.

Murakami lo logra. Los tres elementos están perfectamente ligados, no se sale del equilibrio. Y el lector pide más y más, desde el momento en el que entra en la órbita. Todos somos Watanabe. Y digo todos, sin diferenciar sexos. Porque el punto de vista, por muchas chicas con las que se relacione, sale y vuelve a Watanabe. El ego es patente.

Ese ego que no olvida, o sí olvida. Ese ego que vive algunas situaciones forzadas por el escritor y con más vacío del que desearíamos. Ese “yo”, que se enfrenta a la idea de que el dolor no desaparece. Sigue perfectamente vivo, pero como dijo Cernuda: habitando en el olvido[2]. Eso es Tokio Blues, el debate entre la memoria, el olvido y la no-superación del dolor. Funesto destino, el del hombre memorioso.


[1] Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso” en Ficciones (1944)

[2] Luis Cernuda, Donde habite el olvido

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