Musicalidad para el encanto

An equal music VS imagenTítulo: An equal music (Una música constante, en la traducción castellana).

Autor: Vikram Seth (1952 – )

Año: 1999

Editorial: McArthur & Company (en España: publicado por Anagrama)

Una novela para músicos. Lo que caracteriza An equal music es, eminentemente, su musicalidad. Porque si algo está claro es que alguien completamente ajeno al mundo de la música encontrará este libro recargado y barroco, con una acción narrativa lenta y, cuando menos, lleno de pasajes y escenas incomprensibles. No me malinterpretéis: no estoy diciendo que se deba ser un experto en la materia, con años de conservatorio sobre las espaldas—yo no lo soy y he podido con él—, pero sí un humilde aficionado a la música clásica: se requiere un vibrar, un sentir. Sin esto, lo mejor será que cierres el libro tras la nota del autor y los primeros dos poemas que sirven de prolegómeno y vayas en búsqueda de otra obra.

An equal music llegó a mis manos como regalo de un magnífico pianista y de éstas fue a parar a otras de corte similar: un violinista de sensibilidad muy fina. ¿Que por qué entre estos dos grandes artistas fue a caer en mí? Un azaroso error en la cadena. Para mí bien.

El caso es que Seth consigue acompañar al texto de una constante melodía, que permite al lector fluir por la novela sin apenas tocar el suelo. Pero un momento… ¿quién diablos es Vikram Seth? Pues Vikram Seth es un poeta (.pdf). Un poeta que, entre verso y verso, ha escrito dos novelas. Pero un poeta, en definitiva. Y eso se ve desde el primer minuto en An equal music: bastión de prosa poética (y de ahí el fluir). De hecho, este aspecto está tan marcado que puede abrumar, como todo exceso. El melodrama sostenido nunca es aguantable.

No obstante, todo encaja. Nacido en Calcuta en 1952, Seth encarna lo que a mi ver es la visión alternativa que luce Oriente. ¿Globalización? Sí, claro, lo que quieras. Pero en pensamiento y literatura la escisión entre oriente y occidente está ahí, pura y precisa. Cuestión de construcciones mentales. Para riqueza de todos. Y por si India no fuera suficiente, Vikram Seth vivió durante años en China. Voilà! Lo que le faltaba al autor de nuestra obra. En Asia sigue predominando el poder de la imagen, frente a la palabra strictu sensu. Sino que se lo digan a los creadores de haikus… Detrás de Seth huele a Goethe, a Pushkin y, sobre todo, a Rabindranath Tagore (“Si acaso piensas en mí, te cantaré cuando el anochecer lluvioso suelta sus sombras por el río…”).

Cuando mi buen amigo R me dio el libro ya me advirtió: es una historia gris, todo está en bruma (“gloomy” fue su palabra, para ser preciso). Y no se equivocaba. Sobre todo porque estamos ante un libro evocativo, la obra en sí es una evocación[1] y eso siempre conlleva un fondo más o menos gris neblinoso. En algunos momentos Seth no lo controla (y resulta agotador…); pero en otros consigue mantener una tensión dentro del lirismo extremo—el ejemplo perfecto: madrugón en Venecia, paseo por una Piazza San Marco fantasma y desayuno antes de que la ciudad amanezca. Lo que está claro es que An equal music se construye a golpe de memorias[2].

Y, por qué no decirlo, de pequeños detalles. Lo que le da sabor son las escenas mínimas, los rasgos casi imperceptibles que hacen de Seth un sencillo pero experto observador del mundo. Acordaos de esto—si es que decidís leer el libro—en el pasaje de las camelias (¿pasaje? No es más que una línea); o cuando leáis descripciones tan exactas como la de un nuevo bar, “one of those impersonal heartless places, bright and sad”. Y también cuando os sorprendáis leyendo las cartas entre Michael y Julia, que parecen dirigidas a uno mismo, y que pueden acabar con un escueto:

“Love,

Julia”

El inglés, en su habitual concisión, es perfecto para estos momentos. Despedida corta y después: el silencio. Nada más sobrio: nada más elegante.[3]

Pero bueno, hablemos de una vez de la acción narrativa. O tal vez no. Porque muchos no dudarían en afirmar que ésta es inexistente. Quizás podamos ser un poco más condescendientes: de acuerdo, hay acción narrativa: un músico, Michael, que se reencuentra con su amor eterno de la juventud, Julia, y con la que vivirá una aventurilla idílica durante un tiempo. ¿Evolución? Mínima. ¿Excepcionalidad? Sigo en su búsqueda.

La relación entre Michael y Julia deja mucho que desear. Sinceramente me parecen mucho más sugestivas otras dos relaciones, que conforman una base algo más sólida a la novela: la que une a Michael y a su violín, y la existente entre Julia y su sordez. ¿Michael y Julia? Un enamoramiento de lo más típico en el que los personajes y los comentarios se estereotipan hasta la saciedad (qué me decís de la frase “podía haber desaparecido o cambiado, pero no: seguía igual que siempre”, oh).

Hablemos de Julia, ese amor del pasado todavía presente. La descripción que Michael hace de ella resulta insuficiente. Julia está casada y tiene un hijo: la relación que pasa a tener con el protagonista de An equal music es adúltera. Son amantes, pero para Michael no hay nada más verdadero que ella. Julia es la música de Michael, algo que queda de manifiesto en la última escena.

La relación queda sintetizada en un punto clímax de la novela, en la que tocan juntos. Yo no soy músico, pero creo acertar si digo que uno de los deseos más grandes que tienen estas gentes tan especiales es tocar con el amado o amada. ¿Podría hablarse de fusión? ¿Comparable al espíritu, al sexo, a lo místico? Lo siento: yo no lo he experimentado. Pero en cualquier caso, tocar “es lo más”, es el paso “al otro lado”. Y están traspasando juntos esa frontera. El corazón de cada uno late la sangre del otro. Y no existe nada más que ellos, nada más allá de lo que está pasando en una habitación. Reitero: nada más—“Delight, for the world outside has thinned out of existence”. Literal.

Todo acompañado de una sordez incipiente, algo estremecedor para un músico. Es insoportable—y el lector lo siente—la tensión y la impotencia, la necesidad de un genio superior. Porque hay pocas cosas más delicadas que el tratamiento literario de la sordez (motivo que, por cierto, no es nuevo), pero Seth consigue salir del paso bastante airoso. Perder el oído es perder la música; en este ambiente, perder la vida y el trabajo; y en todo ambiente, perder el sonido de la voz de aquellos a quien amas. Algo que queda más que patente en la obra.

Pero volvamos a la música, verdadera piedra de toque de toda la historia. Porque escribir sobre música, es decir, utilizar un arte para hablar de otro arte, es un designio de lo más ambicioso. Claro que siempre ha habido escritores y poetas que han prosificado la música (muchos con éxito). Personalmente no me canso de leer una y otra vez esos versos de García Lorca sobre la guitarra española, que empiezan:

“La guitarra

hace llorar a los sueños.

El sollozo de las almas

perdidas

se escapa por su boca

redonda…”

Y como él, otros tantos. Seth por su parte sube al escenario las armonías y desarmonías musicales que se establecen en el seno de un cuarteto. Queda claro cómo los músicos juegan en otro nivel relacional. Lo del vínculo del cuarteto es extraordinariamente demencial: es un “matrimonio cuadripartito”, un matrimonio a seis bandas. Las conexiones internas son palpables.

Que sí, que lo logra. Con todo, consigue hablar del amor que hay entre músico e instrumento (su violín Tononi), de cómo éste responde al ejecutor. Consigue enseñarnos cómo la música es un suspiro: “semanas de preparación, segundos para su consumición”; y cómo una canción específica puede dominarnos completamente. Total afección del espíritu.

Vikram se la juega: escribe en ese “terreno improbable entre lo que se escucha y no se escucha, lo que se oye y no se oye[4]. Y con mucha solvencia. Así que lean y disfruten de la melodía.


[1] Nicholas Spice, famoso crítico literario, afirmó muy acertadamente: “Michael Holme makes the love appear by thinking about her”. Es la propia mente, que evoca y busca el amor, la que lo trae a escena. [Para leer la crítica completa: http://www.lrb.co.uk/v21/n09/nicholas-spice/mooching]

[2] Se puede paladear especialmente el capítulo más breve, el 3.18: “Though she left hours ago, the room smells of her. A day passes; two. I do not hear from her: neither phone nor fax nor letter nor visit. By day, by night, I sink my face into the sheets. I am in all the hours that we have ever spent. I am in all the rooms in which we have ever been”.

[3] Y ya no quiero hablar de la descripción de Bayswater, the Serpentine y otros alrededores de Hyde Park, casi en el arranque de la novela. Cualquiera que haya vivido o estado en Londres se verá rodeado de la escena descrita. No tiene desperdicio.

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