Fue un fulgor intenso… Mientras duró

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Título: La tregua

Autor: Mario Benedetti (1920-2009)

Año: 1959

Editorial: Alianza Editorial

Prejuicios y más prejuicios. Esto es lo que provocan las fervientes recomendaciones de amigos y enemigos cuando uno decide leer una novela. La recomendación, en este caso positiva, crea el estadio perfecto para romper con las expectativas que uno lleva en su mochila de ignorancia. Un error grave, sobre todo teniendo en cuenta que ya sufrí desencanto con la poesía de este autor…

¿Qué es La tregua? La tregua es el diario de un cincuentón a punto de jubilarse. Esto le trae una preocupación esencial: ¿a qué va a dedicar su tiempo libre a partir de ese momento? Demasiado ocio, la disponibilidad de minutos, horas, días, le abruman por anticipado. Y, claro, mientras conscientemente centra su atención en esto, la historia sigue caminando: hijos ingratos por razones desconocidas (así es el ser humano: indescifrable; y eso Benedetti lo plasma con maestría), relaciones de amor y de amistad, y el enfrentamiento directo con una muerte. ¿Y al final qué? Pues al final, “el tiempo estará a mis órdenes. Después de tanta espera, esto es el ocio. ¿Qué haré con él?” [Viernes 28 de febrero]

Pero entonces, vamos a ver… ¿Qué es La tregua? Pues la tregua no es más que un pequeño espacio de luz dentro de una existencia cenicienta y tediosa. Es un respiro, un momento de resplandor inserido en el túnel de la vida, pintado éste con los tonos grises más plomizos de los que se es capaz. Cuando el idilio de Santomé con Avellaneda termina (por causas naturales evidentes), el montevideano se da cuenta: “Era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez en mi destino. Y es más oscuro que antes” [Lunes 24 de febrero]. Supongo que a más de uno le habrá venido a la cabeza, leyendo esto último, una de las obras de otro de los grandes escritores sudamericanos de tiempos recientes: El túnel, de Ernesto Sábato. De Uruguay a Argentina hay un río; a Benedetti y a Sábato, por momentos, les separa poco más que eso. Se nota que han bebido de los mismos tangos. La diferencia: mientras que Juan Pablo Castel (El túnel) se revela contra el escenario de opresión y ‘grisalidad’,[1] Martín Santomé (La tregua) no puede hacer otra cosa que dejarse fluir, y buscar su lugar en ese pasar. Por cobardía. Y ligado con esto: mientras que leyendo La tregua a uno le entran ganas de sentarse y resignarse al desconsuelo, leyendo El túnel uno tiene ganas de matar, de matarse a uno mismo, concretamente. El talante de los personajes se contagia

No es casualidad que la novela esté escrita en forma de diario. Nada más alejado de la realidad: los buenos escritores no deciden estas cosas según cómo se hayan levantado ese día. El diario es el tiempo. Su paso. Lo irrecuperable de los días ya escritos. Quien escribe un diario se sabe en un discurrir. Como Martín Santomé.

Hay dos tiempos, en La tregua: el cronológico—“que fluye”—y el psicológico—“que cambia de ritmo y se ajusta a la situación que está viviendo el personaje”. “Los domingos y días festivos aumentan la sensación de soledad del protagonista, en estas ocasiones el tiempo aminora su ritmo, es el denominado tiempo lento”.[2] Yo no lo podría haber dicho mejor.

Y de la misma manera, hay dos espacios. Por un lado el espacio físico de la oficina, un espacio de opresión, que el lector notará falto de aire. Es el espacio del cual surge Avellaneda, emersión que hace retroceder ese sentimiento de ahogo. Y, por el otro lado, el espacio familiar, que no es otro que el espacio de la soledad. Queda patente cómo viviendo con tres hijos uno puede estar sumido en una total soledad. Una soledad rodeada. Aunque es justo decir que este espacio también tiene su particular mujer, Blanca, que a partir de cierto punto en la novela va a mirar a su padre de frente y le va a acompañar, psicológica e interiormente hablando. Ya no será un elemento más de la casa, sino que será su hija, con la que entablará comunicación afectiva (algo que no consigue ni con Jaime ni con Esteban).

La escritura de La tregua, como no podía ser de otro modo, es cansada. Sólo algunos momentos de felicidad con Avellaneda escapan de ese incesante desaliento. Esos momentos que él describe como momentos de “Dicha” (no recuerdo haber leído la palabra “felicidad” en ningún momento de la novela). “De pronto—dice—tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha” [Sábado 6 de julio]. La Dicha, que no felicidad. La Dicha en el seno de lo cotidiano: ahí una de las claves para leer a Benedetti. La cotidianidad es, tal vez, lo que hace más extraordinaria a la historia. Esas relaciones de lo más normal, un romance en un mundo ajeno a situaciones idílicas e irreales, ajeno a las mentiras de la perfección. La realidad es arrolladora, los defectos y virtudes, comunes, y hasta una vuelta a la manzana o el hecho de pedir un café se transforma en un acto de lo más romántico. Por su “anti-idilismo”.

Todo esto sin olvidar que Benedetti no explica: describe. Sabemos poco de Santomé a raíz de sus explicaciones. Porque son escasas. ¿Qué sabemos realmente, por ejemplo, de la relación que mantiene el protagonista con sus hijos? Sin embargo, en las descripciones el escritor se explaya: ahí se siente en su terreno. Y él lo sabe. La descripción que hace el sábado 13 de julio es exquisita. El objeto descriptivo es Avellaneda, su cuerpo, sus caderas—de las cuales dice Santomé que “tiene una memoria táctil”.

Y puestos a adular, adulemos: lo verdaderamente formidable de Benedetti son las citas contundentes. Las ‘quotes’, que dirían los ingleses. “Hay una especie de reflejo automático en eso de hablar de la muerte y mirar en seguida el reloj”. Punto. Ni más ni menos. Pero todo dicho. Ciertamente, esto da caché a un escritor. Es un instante donde mente y mano se fusionan. Y eso pocos escritores lo logran, digan lo que digan. Hace ya tiempo, escuché decir en directo a Álvaro Pombo que los grandes escritores (y los grandes textos) son aquellos que escriben una frase de manera tal que uno piensa “joder, es excelente, no le falta ni le sobra nada: yo querría haber escrito esa frase”. Hablaba de envidia, y nada de sana. La “envidia sana” no existe. Pues bien, yo querría haber escrito algunas de esas sentencias abrasadoras de Benedetti.

Maticemos lo expuesto: el escritor uruguayo, más que citas, lanza pequeñas reflexiones (sobre la muerte, sobre Dios…). Y de pequeño en pequeño, el escritor se hizo grande. No tengo ninguna duda que lo que más aprecio en Benedetti es este aspecto. Mucho más que sus historias o su estilo. Claro que por otra parte, es innegable que escribe lo que queremos leer (¡y ya sabemos!), como cuando hace declaraciones del siguiente corte: “el dolor lo pone a uno exageradamente receptivo”. Hay poco más que añadir, pero me cuesta digerir la grandeza en algo tan evidente.

En especial, hay un manojo de temas sobre los que el uruguayo vierte sus reflexiones. En su esquema existencial distingo tres espacios: la vida, la muerte y el amor, que tiene un lugar ajeno a los dos primeros. La vida de Santomé no es más que ese río gris del que ya hemos hablado; la muerte es “el derrumbe de la vida”, “la respiración del dolor”, “la desesperación”, “la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo” [Viernes 17 de enero]. La muerte trae de nuevo una inmunda soledad que no vale una miseria.[3] Así es la resignación de un vitalista frustrado: el hombre que está ahí, porque se niega a morir del todo.

El amor arremete directo contra esos dos espacios y cambia el microcosmos del personaje. Cuando está con Avellaneda se da cuenta que tiene una opresión en el pecho que le llena. No sabe describirlo, pero tanto la vida gris como la idea de la muerte quedan relegadas al desván del olvido. “Ella me daba la mano y no hacía falta nada más. […] Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor” [Lunes 3 de febrero]. ¿Quién hubiera dado ni siquiera un céntimo, al inicio de la novela, apostando porque Santomé podría llegar a escribir esto en su diario?

Y luego está Dios. Imposible juzgar la relación del personaje (o el autor) con Dios, y sin embargo qué directo cuando dice “Francamente, no sé si creo en Dios. A veces imagino que, en el caso de que Dios exista, no habría de disgustarle esta duda. En realidad, los elementos que él (¿o Él?) mismo nos ha dado (raciocinio, sensibilidad, intuición) no son en absoluto suficientes como para garantizarnos ni su existencia ni su no-existencia” [Viernes 29 de marzo]. Una fe basada en la duda, igual que lo era para un Unamuno ya maduro que escribió La agonía del cristianismo (“Fe que no duda es fe muerta”).[4]

Ahora bien, ya os digo que si Benedetti me ha ganado en esta novela es por su magnífica metáfora (¿o no es una metáfora?) del Domingo 7 de julio. Si me tuviera que quedar con una frase de toda la obra, quizás por una experiencia compartida… Sería:

“¿Y si el mar fuera Dios?”

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[1] “Muchas veces me ha pasado eso: luchar insensatamente contra un obstáculo que me impide hacer algo que juzgo necesario o conveniente, aceptar con rabia la derrota y finalmente, un tiempo después, comprobar que el destino tenía razón”.

[2] A. Alonso Gómez, “Espacio y tiempo en La tregua”, dentro de Mario Benedetti: inventario cómplice, ed. C. Alemany, R. Mataix y J. C. Rovira. Consultable en [http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/mario-benedetti-inventario-complice–0/html/ff1470c0-82b1-11df-acc7-002185ce6064_111.htm]

Recomendable también B. Varela Jácome, “La estrategia narrativa de Benedetti en La tregua”, incluida en el mismo volumen.

[3] Atención: esto lo dice en un momento muy avanzado de la novela, pero se opone claramente a lo que había dicho de la muerte en las primeras páginas: “La muerte es una tediosa experiencia; sobre todo para los demás” [Lunes 18 de febrero]. El cambio es claro, y por qué también.

[4] Acertadísima comparación en [http://elciudadano-bibliotecario.blogspot.com.es/2007/12/la-tregua-de-mario-benedetti.html]

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