A la sombra de la muerte

9788475064178Título: A la sombra de la muerte

Autor: Antonio Caballero (1945, Bogotá)

Año: 1994

Editorial: Turner

 

18 de octubre de 2013. Mis circunstancias vitales hacen que me encuentre paseando por los alrededores de la Puerta del Sol, en Madrid, a solas. Tarde apacible, con un sol de otoño amistoso. En una esquina, la librería improvisada. Dos mesillas de palo con libros de segunda mano que giran en torno a dos temáticas especialmente: filosofía y tauromaquia. Primera recomendación del día: pasearse por ahí y oler los (baratos) libros que se exponen, difícilmente no encontrarán ustedes alguno que pueda interesarles.

Yo me decanté por el que tenía el título más barroco, A la sombra de la muerte, recopilación de escritos del articulista Antonio Caballero, uno de los más versados en el ámbito de los toros de los últimos tiempos.

¡Ah, los toros! El eterno conflicto, tema espinoso allá donde los haya. Espinas que, por cierto, hacen que por un momento no existan “las dos Españas”, porque son los toros de los pocos puntos que políticamente no hacen distinciones. Izquierdas, derechas, arribas y abajos: el abanico de opiniones que envuelven la discusión no entiende de colores. Guste o no es un tema que no deja indiferente a nadie: se estará a favor o en contra pero hablar, se habla de toros.

De lo noble surgió y al pueblo se acercó. Hasta que el pueblo hizo de esta fiesta algo muy suyo. ¿Espectáculo? Un sustantivo que no acaba de encajar en lo que las corridas de toros ofrecen. Pero es que es tan difícil hablar de toros… Y se habla tanto… Y con tanta ligereza… Si algo está claro es que trastoca cuerpo y alma, y agita al ser humano a nivel estético, sensual, espiritual e intelectual. Muy pocas cosas consiguen todo esto, fuera de las disciplinas artísticas y la guerra. ¿Hacia cuál de las dos tiende la corrida de toros? Lectores avezados: quien lo ha visto no puede olvidarlo nunca, para bien o para mal.

Primer punto optimista: el diálogo se presenta como necesario. El diálogo, y no la indigencia intelectual en la que nos hallamos sumidos (prefiero no hablar de la indigencia espiritual, porque me metería en camisas de once varas de las que me costarían ríos de tinta salir). Y es que no es nada fácil negar la naturaleza mistérica de lo que ocurre en el coso: sí, la corrida es un misterio en el sentido más profundo y oscuro de la palabra. Los toros no tendrían razón de ser si el hombre no se alzara como un homo ritualis.

Y esto los que mejor lo saben son los propios toreros. “Torear es una actividad del espíritu”, decía el diestro J. Belmonte. Pero torear es muchas cosas. Y ninguno de nosotros, que no cogeremos un capote en nuestras vidas, podemos ni siquiera hacernos una idea. Dejando opiniones de lado, el torero es un personaje único y tiene una relación vida-muerte fuera de lo común. Obviamente es absurdo decir que los toreros son gente valiente, que superan su miedo. Cuando el torero se está enfundando en el traje de luces, seis de la tarde, sol en tres cuartos de plaza; cuando el torero entra en el ruedo con paso procesional, acariciando la arena y persignándose; “los toreros, a esa hora, tienen miedo”.[1] Y es inevitable. Es lo que tiene mirar a la muerte cara a cara, sin burladeros de por medio. Porque si algo está claro es que hay muerte, ¡y tanto que la hay! “El arte de los toros se hace con la muerte por delante”.[2] Lo que se da en el clímax de la lidia se apuntala en el vencer a la muerte. Sospecho que aquí está el quid de la cuestión, ya que en un Estado de bienestar posmoderno la muerte ha quedado totalmente desterrada (disimulada, yo diría) del panorama público. Por lo tanto queremos hacer encajar una figura en un molde que le queda pequeño. Recordemos: la muerte siempre está presente. Sin ella no habría vida. José Bergamín clamaba al espíritu y al intelecto del hombre para poder captar “el más allá”: “sin lo imaginario, el arte y juego y fiesta del toreo no sería más que una bárbara y ritual matanza”.[3]

Claro, luego están las discusiones orbitantes. Y es que toreros hay de muchos tipos. Y a cada uno le sale un “club de fans” que morirían por su forma de torear. Nada tiene que ver José Tomás, señor de la quietud—y yo diría con vestigios de cierta locura—con Enrique Ponce, que no necesita rozar el cuerno del toro para hacer una demostración de su maestría, para enseñarnos a todos que es el más elegante con la muleta. Mi tío Domiciano siempre dijo que Ponce era el mejor, mi buen amigo Alejandro tildaba a José Tomás como el “héroe trágico”, de condición caída. En la tragedia griega el llanto era necesario, las lágrimas lo más verdadero. Pero eso no es todo, cuando menos te lo esperas, un alicantino de la familia Esplá se corona como matador de toros por una necesidad artística que le desborda. Torear, pintar, escribir: para Luis Francisco Esplá todo era una unión; su conexión con el animal es algo único, nunca vi a un torero de la sensibilidad y talla intelectual del alicantino. Pero claro, ¿se puede llamar arte a la tauromaquia? Para algunos llamarlo así sería obsceno, para otros se queda pequeña la palabra. Lo que no podemos perder de vista es que el hecho de que una cosa sea arte no significa que todos los que a ella se dedican sean artistas.

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Me releo hasta este punto y veo que nos falta algo, porque el toreo es fruto de una colaboración de, al menos, dos elementos: torero y toro. “Lo más bello es el toro”, dice Caballero, porque “un caballo es muy bello, o un tigre, o un gato que se despereza. Pero un toro es un toro”. Es bello y único, pero es que además puede decirse que es merecedor de un adjetivo que a nadie más se le otorga: un toro es bravo. El toro se define en su bravura y la bravura no se entiende sin la figura taurina. Es todo este conglomerado lo que ha atraído y fascinado a tantísimos artistas, probablemente de los motivos artísticos más recurridos. Escribía Sabina hace ya un tiempo…

Por si no lo sabían

A Francisco de Goya le gustaban los toros,
a Rafael Alberti le gustaban los toros,
a Pablo Picasso le gustaban los toros,
a Agustín Lara le gustaban los toros,
a Ernest Hemingway le gustaban los toros,
a la bella Ava Gardner le gustaban los toros,
al orondo Orson Welles le gustaban los toros,
a José Bergamín le gustaban los toros,
a Gerardo Diego le gustaban los toros,
a María Félix le gustaban los toros,
a Ignacio Zuloaga le gustaban los toros,
a García Lorca le gustaban los toros,
al Miguel Hernández le gustaban los toros,
a Ortega y Gasset le gustaban los toros,
a Indalecio Prieto le gustaban los toros
y a mi abuelo también.

A Bryce Echenique le gustan los toros,
a Miquel Barceló le gustan los toros,
a Joan Manuel Serrat le gustan los toros,
a Mario Vargas Llosa le gustan los toros,
a Caballero Bonald le gustan los toros,
a Enrique Morente le gustan los toros,
a Albert Boadella le gustan los toros,
a Almudena Grandes le gustan los toros,
a Felipe Benítez le gustan los toros,
a Francisco Brines le gustan los toros,
a Carlos Marzal le gustan los toros,
a Sánchez Dragó le gustan los toros,
a Luis Eduardo Aute le gustan los toros,
al Gabo García Márquez le gustan los toros,
a Caco Senante le gustan los toros,
a Raúl González le gustan los toros,
a Rosa Aguilar le gustan los toros,
al japonés del siete le gustan los toros,
al defensor del pueblo le gustan los toros
y a mí también.

Españoles, no españoles, de aquí y de allá. Demostración de que Hegel no llevaba tanta razón cuando afirmaba que la muerte del arte llegaría cuando lo bello hubiera sido finalmente sustituido por lo verdadero. Es un debate baldío cuando se ve torear “por ejemplo, a Curro Romero: lo bello y lo verdadero son una misma cosa”.[4]

El problema es que para ver torear de verdad uno tiene que asistir a cientos de corridas. Y resulta que a la que fallas: zas, fue “esa”, la mejor, la que hizo rugir a media plaza y llorar a la otra media. Y tú te la perdiste… Por eso al que le gustan los toros va. Va y vuelve a ir. En las corridas de toros todo siempre es igual y todo siempre es distinto. Se sigue el ritual, los pasos, pero el resultado nunca será el mismo. Y por eso el aficionado va. Y vuelve a ir. Es una sensación repetible, un continuo redescubrimiento. Caballero lo dice a su manera: “nadie se curte de arte”.[5]

Y cuando se funden en el coso lo bello y lo verdadero es que las cosas han salido bien. Y en efecto, rozar lo bello y lo verdadero quema hasta el punto de no poder resistir humanamente. Por eso, “en los toros, cuando las cosas salen como deben salir, se llora a mares”.[6] ¡Uy, si se llora! Ahora sí que voy a introducir mi sesgada visión y mi experiencia personal, pero es que cuando las cosas salen bien uno se siente tan superado y reducido, que por momentos vuelve al polvo del que salimos. El espíritu es el que se arrodilla, el hombre no puede más que aceptar la humillación de ‘lo siempre otro’, por utilizar la expresión que tantos escritores y pensadores, desde Girard hasta Celan, han utilizado.

Pero eso ocurre pocas veces.

En cualquier caso, uno descubre algo abrumador ahí—de nuevo: para bien o para mal, no seré yo quien determine. Uno descubre que no hay azar en el toreo. Ese calificativo es denigrante. Una de las mejores reflexiones de Caballero en su obra: “el toreo no es nunca una acumulación de azares. Es más bien lo contrario: el ordenamiento del azar”.[7] En efecto, fuerza superior, externa al hombre, sometida por la figura del matador. Una total herejía (¿acaso os pensáis que es casual que fuera prohibido el toreo por Papas, obispos y emperadores de capilla?).

A la sombra de la muerte, de grácil pluma, está dividida en tres grandes bloques de artículos: el dedicado al toro, el dedicado al torero y… el dedicado al público. He aquí nuestro tercero en discordia. Para Caballero es importante, para mí no tanto. Pero no podemos olvidar que los toros son también un negocio. Y que, por lo tanto, los aficionados son una de las tres patas. Guste o no.

Aun así, el toreo cosa de dos, que se miran a los ojos; y un tercero en masa deforme que rodea la acción, y que eventualmente es salpicado por ella. ¿Lo ideal? Que mande el matador. Ni más ni menos. Y si él no puede, que lo haga el toro. Pero el público no, por favor, el público no… Caballero distingue entre la ruidosa plaza de Las Ventas y la señorial Maestranza de Sevilla, sobria por educada. Si bien la distinción es un poco falaciosa, porque en todos lados se cuecen habas, es cierto que el coso madrileño se caracteriza por su tendido siete, abucheador hasta la saciedad. No conocen los silencios de Sevilla, estoy con el autor cuando dice que desconocen “el placer de ir a los toros”.[8] Sevilla sabe de toros, o dice saber. “Está cercada, sitiada por un ejército de manchas oscuras y lentas que avanzan como el bosque de Birnam sobre la fortaleza de Macbeth”.[9] Por experiencia doy fe de que en la Castilla Vieja también saben de toros, aunque no tengan nada que ver con los espectáculos del sur; las formas de torear y los gustos son radicalmente distintos. En Barcelona se sabía de toros, más que en ningún lado.

Pero vayas donde vayas, te sientes donde te sientes, siempre encontrarás algún cansino ‘director de lidia’ que todo lo sabe. “Mira: don Francisco Llorente y don Teodoro Martínez”; “¡Ese pico! ¡Pero qué haces! ¡No, hombre, así no! ¡Sácalo un poquito!”; “¡Música, maestro!; “¿Pero no ven que ese toro está inválido? ¡Cojo!”. De los seres más irritables que uno puede echarse a la cara, da muerte a todo arte, que requiere de la expectación y el encuentro silencioso.

Yo no sé ustedes, pero me quedo mucho antes con mi abuelo que con el director de lidia. Mi abuelo que asiste a los toros en silencio, conociendo a la muerte y con la figura del toro reflejada en sus ojos.

Taurinos o no, detractores o defensores: para hablar de toros hay que saber. Y para saber hay que leer a Caballero.

[1] Antonio Caballero, A la sombra de la muerte, p. 20.

[2] Ibíd., p. 97.

[3] José Bergamín, La música callada del toreo.

[4] Antonio Caballero, A la sombra de la muerte, p. 99.

[5] Ibíd., p. 98.

[6] Ibíd., 160.

[7] Ibíd., 104.

[8] Ibíd., 235.

[9] Ibíd., 246.

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