Nauseabunda existencia

Título: La náusea (La nausée)

Autor: Jean-Paul Sartre (1905-1980)

Año: 1938

Editorial: Seix Barral: Colección Obras Maestras de la Literatura Contemporánea

Hablar de Sartre es hablar de muchas cosas. Es hablar de revolución, de agudeza, pero, sobre todo, es hablar de una pluma genial. No genial en cuanto a fruto de lo irreflexivo y rampante, ya me entienden, Sartre es profundamente reflexivo. Nos referimos a un genio cultivado, fruto del trabajo.

La náusea es la obra primeriza del autor francés que nos adentra en el existencialismo filosófico del que hará gala y prédica a lo largo de su vida. En ella Sartre nos presenta a Antoine Roquentin, quien será narrador de la historia a modo de diario. Monsieur Roquentin se halla en un pueblo de provincias, Bouville, para investigar sobre la vida y los pasos de un tal marqués de Rollebon, aventurero intrépido del pasado.

Lo primero que nos azuza es precisamente el juego de autores. En cadena, Sartre crea a Roquentin, y será éste quien cree la historia hecha palabra. La telaraña entre quién cuenta y quién vive se vuelve compleja. ¿Es Sartre quien cuenta? ¿O es Roquentin? ¿O Roquentin es quien vive la historia? Como dice el autor en un momento bastante inicial de la novela: “Hay que escoger: o vivir o contar”[1].

La cuestión aquí es que Sartre, antes que filósofo, era novelista. Yo diría un excelente novelista, en el sentido de maestro relator. Entra como una melodía, como un cuento (a veces una melodía asonante, a veces como un cuento donde vacío y angustia encuentran su espacio; pero melodía y cuento, al fin y al cabo). Y como novelista está irremediablemente entregado a la ficción—y a la autoficción. No hace ni falta recordar ese tan preciso título de Borges, Ficciones, o recordar cómo la autoficción es una constante en la literatura occidental, empezando por el mismísimo Dante visitando Infierno, Purgatorio y Paraíso.

Sartre emplea el género autoficcional que conocemos como diario. Si la literatura de por sí carece de la cualidad de “neutralidad”, en el caso del diario, donde una voz única prima y se dirige directamente a la conciencia del lector, esta ausencia de neutralidad se muestra con mayor claridad. Sartre es plenamente consciente de ello, tanto es así que en la primera página de su libro escribe: “Pienso que éste es el peligro de llevar un diario: se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la verdad”[2]. En efecto, una buena bienvenida al mundo de la literatura.

Pero, entonces, ¿quién es Roquetin, el protagonista de La náusea? El mismo Sartre. Pero ficcionado. Su alter ego; y resaltamos alter, y resaltamos ego. No es él, sino su otro-él. El de La náusea. El que se exilia hacia un estudio lejano dejando atrás—entre otras cosas—a su amada. Años más tarde, el autor francés escribirá “J’étais Roquentin”[3], yo era Roquentin. Pero a renglón seguido añadirá: “y al mismo tiempo era yo mismo, el creador de Roquentin”. Ahí está el desdoblamiento de Sartre, por el cual consigue ser creador a título doble, y a su vez creado. ¿Quería Sartre, tal vez, trasladar su neurosis y su angustia vital a Ronquentin? Tal vez. Quizás lo necesitaba. Tiene atisbos de terapia… Quién sabe.

Ligado con la perspectiva y la visión de quién es quién, emerge el tema—recurrente—de la mirada. Sartre, como buen escritor, es un observador. La mirada le preocupa. Y le azuza. Hasta el límite. “Hasta hubiera pasado por un infeliz de no ser por la espiritualidad de su mirada”[4], dice en un momento de La náusea. La mirada no es algo único de esta obra: quien haya tratado con Sartre no podrá olvidar la calificación del francés en su obra filosófica por excelencia, El ser y la nada, en la cual quedan distinguidos el ser-para-sí y el ser-para-otro (sin entrar en el ser-en-sí, que, en realidad, no dejaría de ser sino otro de los enfoques hacia los que se proyecta el ser—perdónenme la inevitable redundancia y la simplicidad con la que describo el fenómeno filosófico sartriano, pero tampoco es ese el objetivo de esta crítica).

También en su excelente Huis Clos (publicada en 1944 y traducida al castellano como A puerta cerrada) la mirada se yergue como elemento esencial. Quien haya leído—o mejor aún: visto en escena—esta pieza teatral, habrá captado lo claustrofóbico de esas tres personas que se miran de forma triangular, fija y constantemente. La claustrofobia es tal que buscan huir (y el espectador con ellos). Pero existe una irremediable condena a ver. “La mirada del otro es el infierno”.

La náusea no será una excepción. Y dejando de lado los momentos en los que la novela hace expresa referencia a la mirada o la observación, hay un elemento igualmente importante al respecto: no hay que olvidar que, como decíamos anteriormente, en La náusea el mismo Sartre se observa.

Y como todo observador, el tiempo va a ser una de sus obsesiones. Nadie que contemple con detalle está tranquilo con el minutero. El conflicto entre el hombre y su verdugo es patente, de modo que ampliar y reducir la sensación temporal es una constante en la historia occidental. Y por eso “no sentir el deslizamiento, los roces del tiempo”[5] se vuelve tan relevante, así como contraer el tiempo hasta lo eterno: “ahora el fin y el comienzo son una sola cosa”[6]. ¡Qué agustiniano suena Sartre al escribir que “todo lo que no sea presente no existe”!

Llegado este punto parece que Camus tenía razón cuando decía que una novela es una filosofía dispuesta en imágenes.[7] Pero si hay algo que nos viene a la cabeza durante la lectura y una vez finalizada ésta es: ¿qué es la náusea? Sartre parece dispuesto a darnos todas las claves: “La Náusea no me ha abandonado—dice Roquentin en un momento de la novela—y no creo que me abandone tan pronto […]: la Náusea soy yo”[8]. Pero yo en cuanto a ser humano y en cuanto a ser presente. Lo que surge como nauseabundo es la condición humana en sí misma. Por eso, para seguir viviendo, para soportar esa condición, se requiere mucho coraje. “Señor, el instante próximo quizá sea el de su muerte, usted lo sabe y puede sonreír; vamos, ¿no es admirable? En el más insignificante de sus actos—añade con acritud—hay una inmensidad de heroísmo”[9]. Es la condición de un ser contingente vacío, como es el ser humano. Sartre parece tenerlo claro.

Y sin embargo, qué quieren que les diga, a mi parecer “la náusea” queda irresuelta, precisamente porque no debe ser resuelta. La no resolución de la náusea es deliberada, por mucho que magistralmente Sartre nos intente transmitir lo contrario. Detrás de lo escrito queda un espacio sin mencionar, donde la náusea puede hacerse igualmente presente. Hay mucho más que la “condición humana”. Destripemos el trasfondo.

Me parece más que oportuno recordar las palabras que Camus dirigió a Sartre—quizás alguno ya habrá notado mi cierta debilidad del primero, muy inoportunamente infravalorado en comparación con el segundo—con motivo de la publicación de su novela: “Constater l’absurdité de la vie ne peut être une fin, mais seulement un commencement. […] Ce n’est pas cette découverte qui intéresse, mais les conséquences et les règles d’action qu’on entire”[10]. Y es que las grandes mentes tienen que recorrer el camino hasta el final.

[1] Jean Paul Sartre, La náusea, Barcelona: Ediciones Seix Barral, Obras Maestras de la Literatura Contemporánea (1983), p. 53.

[2] Ibid., 7.

[3] Jean Paul Sarte, Les Mots, Paris: Gallimard, p. 209.

[4] Jean Paul Sartre, La náusea, Barcelona: Ediciones Seix Barral, Obras Maestras de la Literatura Contemporánea (1983), p. 113.

[5] Ibíd., p. 44. La teoría del deslizamiento la retomará Sartre en El ser y la nada.

[6] Ibíd., p. 52.

[7] Para mayor detalle del matrimonio entre literatura y filosofía es imprescindible leer a Martha Nussbaum, por ejemplo Love’s knowledge (1990).

[8] Jean Paul Sartre, La náusea, Barcelona: Ediciones Seix Barral, Obras Maestras de la Literatura Contemporánea (1983), p. 161.

[9] Ibíd., 154.

[10] Albert Camus en el diario Alger républicain, 20 de octubre de 1938.

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