Todo se desmorona

Título: Todo se desmoronatodo se desmorona

Autor: Chinua Achebe (1930 – 2013)

Año: 1958

Editorial: DEBOLSILLO

Afamada novela en el corazón de África, que los niños nigerianos leen en la escuela como parte de su formación académica. Recibió el aplauso de la crítica ya no solo por reproducir la cultura ibo desde sus entrañas, sino por alzarse como contrarréplica a las novelas que tratan África y el colonialismo desde los ojos puramente europeos. Ciertamente, en la novela de Achebe se plasma el recurrente tema colonial (las resonancias de El corazón de las tinieblas son inevitables) pero con una diferencia: por vez primera va a ser un oriundo de Nigeria, quien coja la pluma. Y va a narrar en inglés, de modo que su voz pueda expandirse por Europa—y sea una réplica efectiva a lo escrito por los “blancos”.

El tema patente: el eterno conflicto acerca de si el colonialismo fue bueno o malo, y hasta qué punto se pueden considerar esas consecuencias positivas o negativas del fenómeno. Por supuesto, para resolver el problema debemos evitar la tentación del revisionismo (postmoderno) contemporáneo, para el cual todo tipo de intervención se alza como negativa, ya que en resumidas cuentas “todo es correcto si es primario y original”, en el sentido de que una sociedad es buena hasta que vienen los colonos de fuera y les vuelven malos, contaminando su cultura. La tesis no se aguanta en un círculo mínimamente riguroso: nuestro baremo debe ser objetivo, y vamos a tener que enfrentarnos a hechos concretos. El primitivismo de sempiterna benevolencia ya está pasado de moda. Dicho esto, cabe decir que Achebe es neutro, en la medida de lo posible. Pretende mostrar, más que relatar, evitando posicionarse en un bando. Por un lado, el escritor nigeriano va a mostrar sin pudor las tradiciones y ritos de la cultura ibo, que integraban prácticas algo bárbaras (a guiso de ejemplo, uno puede ver lo que se piensa y se hace cuando nace una pareja de gemelos). Por el otro lado, queda claro que aunque la intención de los colonos pudiera ser buena, no siempre se han dado los resultados óptimos. Tal vez porque no todos los “blancos” eran tan buenos, o tal vez porque la aplicación forzada de paradigmas mentales y culturales nunca ha sido un buen método de desarrollo. Sin ir más lejos: las misiones europeas enseñaron a los indígenas a leer y escribir. Este aspecto, que a priori a todo el mundo le parece bueno, tiene unas consecuencias: “en el futuro los dirigentes del país serían los hombres y mujeres que hubieran aprendido a leer y escribir”. Aunque no existiera realmente la voluntad de dividir socialmente a la población, la realidad es que así ocurrió. Y la división en el seno de los pueblos africanos ha traído siempre ruina y desolación. No quiero ni mencionar el caso de Rwanda 1994, donde una arbitraria e infundada división por parte de los colonos belgas fue el punto de arranque de uno de los genocidios más sangrientos del siglo pasado. Como vemos: la cosa no es nada fácil.

La escritura de Achebe es sencilla, va fluyendo. Quedan muy marcadas dos etapas en Todo se desmorona, que corresponden a dos mundos muy distintos: el mundo sin colonos, en el que Achebe se prodiga lo necesario para meternos en la cultura y vida de los ibos; y el mundo con colonos (¡y misioneros!). Se alzan dos vasos entre los cuales falla la comunicación. No cabe duda: la imposición religiosa sin la cultura y el sustrato filosófico necesarios tiene pocas garantías de éxito.

Queremos destacar dos elementos propiamente ibos, recurrentes en la novela. El primero de ellos es la referencia a la naturaleza (rasgo que comparten muchas tradiciones, como la rusa: sólo hace falta leer unos versos de Pushkin o Lérmontov para ver el peso que tienen los elementos naturales en esta literatura). Concretamente van a tomar fuerza las referencias a los aspectos climatológicos: la lluvia, el sol, las estaciones. No sorprende en una cultura tan ligada a la tierra, a la agricultura. No hace falta ni añadir que la divinización de elementos naturales es un motivo habitual del paganismo pre-monoteísta, para nada exclusivo de África.

El otro aspecto importante: la colectividad y el sentido de lo comunal. Hay momentos en que la individualidad del ser humano queda literalmente suprimida, y la colectividad se encarna y asume papel independiente. De ahí la importancia de las reglas, que se cumplen fríamente, casi como con cariz robótico—nos podemos remitir a la muerte sentenciada de Ikemefuna o al entierro de los suicidas. Por momentos, el hombre deja de ser tal, abandona su nombre y pasa a ser brazo de la organización social, liberado de todo tipo de emociones o sentimientos. Las reglas decíamos, así como la tradición que en ellas se inscribe. Las costumbres y las usanzas son esenciales, algo habitual en las sociedades de tradición oral. Por supuesto los ancianos y antepasados son venerados, tienen una áurea casi celestial. “Temo por vosotros—dice el protagonista en un momento de la novela—los jóvenes, porque no comprendéis lo fuerte que es el vínculo del parentesco. No sabéis lo que es hablar con una sola voz”.

Y por fin sale el eje central de la novela: Okonkwo, el protagonista. Podríamos haber empezado esta reseña hablando de él, pero el momento da igual porque Okonkwo abre la historia, la conduce y la acaba cuando así lo decide él mismo. La pregunta que nos hacíamos en Alégere: ¿alguno de los lectores ha amado en algún momento a Okonkwo? Respuestas variadas: algunos lo recondujeron hacia el sentimiento de compasión, y otros no sólo no le “amaron” sino que directamente les producía repulsión. Ese es Okonkwo, un ser descarnado y cuyas prioridades son el “valor” y la “fuerza”. Siente repugnancia ante lo que se asocia a la debilidad o a la feminidad. “Toda su vida estaba dominada por el temor, el temor al fracaso y a la debilidad”. Okonkwo es carne de psicoanálisis: tiene pánico de ser como su padre, a quien desprecia por ser un vago, siempre entregado a la holgazanería y a su flauta. ¡Qué dolor le causa ver que su hijo Nwoye se parece a su abuelo!

La historia de Okonkwo es la historia de un pueblo. Su caída, el derrumbe de una cultura. La muerte de Okonkwo es una muerte inducida. Okonkwo agoniza y muere a la vez que lo hace su pueblo ibo. En efecto, llega un momento en la novela en la que el protagonista se ve sobrepasado, todo ha perdido sentido. Todo se ha desmoronado. Okonkwo, al más puro estilo Werther, se quita la vida porque esa es la única opción para liberarse de toda la inmundicia y todo lo rastrero en lo que se ha convertido el mundo que le rodea, mundo incapaz de satisfacerle mínimamente. Sin tradición, Okonkwo se ve huérfano espiritual. Y el huérfano espiritual tiene pocas opciones. Se me ocurre el cinismo. Y la muerte.

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