La (re)creación de un mito: una historia autoficcional

Título: Soldados de Salasoldados-de-salaminamina

Autor: Javier Cercas (1962)

Año: 2001

Editorial: Tusquets Editores (edición utilizada para la reseña: Círculo de Lectores)

“Uno no escribe de lo que quiere, sino de lo que puede”

Javier Cercas, Soldados de Salamina

Recibió alabanza y crítica, al principio no eran muchas las declaraciones. Soldados de Salamina era, sin duda, algo diferente. Y ante lo diferente nadie quiere ser el primero en mojarse. Pero una serie de premios por la novela y un encomio directo por parte de Vargas Llosa en el País contribuyeron a alzar a Javier Cercas y sus Soldados a un lugar preeminente dentro la literatura española actual. Tras esto, vinieron los elogios de más allá de nuestra pequeña España: J. M. Coetzee, S. Sontag… Y es que a Cercas le rodea la polémica, pero se ha hecho un hueco en este cosmos literario contemporáneo: Anatomía de un instante (2009) fue todo un éxito, y su última novela El impostor (2014) tampoco parece que se vaya a quedar atrás.

En Soldados de Salamina se empieza con un tópico (o eso nos hace creer la contraportada): la Guerra Civil Española. Pocos temas tan manidos y a la vez tan originalmente interpretados, modificados, e incluso destrozados. [Recomiendo hasta la saciedad Los cipreses creen en Dios como la mejor novela que he leído en torno a este tema belicoso, concretamente en torno a los años republicanos previos al alzamiento y que muestran por qué se llegó a la barbarie]. La Guerra Civil fue el último gran trauma de España, y así se refleja en las artes, sensibles hasta el extremo con lo que perturba el alma humana. “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España / porque termina mal”, escribía Gil de Biedma. Cercas lo toma y lo subvierte a su manera: rompe un tabú y hace de un falangista el héroe (¿héroe?) de su novela. ¡Y encima poeta! Cuando todos sabemos que en nuestra irresponsable España un dualismo irracional quiso situar a todo artista en un bando (y a todo religioso en el otro, y a todo militar en el de más allá, etc). Siempre hemos sido mucho de calificar colectivamente como si fuésemos insectos… Cercas lo resuelve de un modo límpido y sensato: “vindicar a un escritor falangista era sólo vindicar a un escritor” (p. 20). Ya es tiempo de separar la figura del escritor de la de su persona, el acto del ser, porque es cierto: “se puede ser un buen escritor siendo una pésima persona”. Y viceversa, claro está. Lo más divertido: Rafael Sánchez Mazas, el falangista en cuestión, era un escritor bueno, pero tampoco un portento.

El estilo de Cercas es el de un documentalista: un recopilador. Explícitamente se nos muestran los escritos a los que el Cercas-ficcionado (el que Cercas autor introduce en su novela) tiene acceso. Emerge una obsesión por la escritura, más concretamente por el tema de la escritura. Toda buena obra es fruto de una obsesión, que acucia, desvela, inquieta, tortura. El alma y la mente del autor se ven picoteadas por esa novela en creación. Y Cercas lo quiere mostrar a través del relato del proceso creativo.

Aquí entra el toque más maestro de toda la novela: ese continuo juego con las nociones de realidad y ficción. Los datos que ofrece en Soldados de Salamina son en gran parte falsos (ni el escritor al que se refiere es el verdadero Roberto Bolaño, ni él era periodista en esos tiempos, etc.). Al modo que lo presentó Dante, el Cercas-personaje-autoficcionado va contando cómo va logrando escribir una historia “real”. “Es un relato real” (p. 69). “Será como una novela. Sólo que, en vez de ser todo mentira, todo es verdad”. ¿Pero es que acaso es posible hablar de realidad en literatura? Vaya vorágine de conceptos. Borges lo tenía claro (y de ahí sus Ficciones y sus Artificios). Pero es que la literatura, independientemente de su realidad, puede ofrecer Verdad[1]. Escribió Juan Murillo—y me parece una síntesis muy acertada—que Cercas “ha sustituido a la Historia y a cambio nos ofrece la literatura, como la verdadera fuente de la verdad histórica”. El ataque de Cercas a la verdad “convencional” y “autorizada” es frontal, pone a dar vueltas a nuestra imaginación que ya no tiene un asidero sólido al que poderse agarrar. Lo único que encuentra es el libro, la literatura, las letras de Soldados de Salamina.

La historia tiene un ritmo ascendente, cada parte es mejor que la anterior. Todo queda construido mediante una combinación de recuerdos y narrado mediante un juego de cambio, no en la voz narrativa pero sí en el enfoque. Mientras que en la primera y tercera partes lo narrado corresponde a la vida del Cercas recopilador, en la segunda el relato se centra en ese núcleo que fue lo que incitó a Cercas a escribir: el episodio del fusilamiento frustrado de Sánchez Mazas en Girona. Fue allí donde se da la imagen que luego dará lugar a un antes y un después, ese momento en el que el soldado republicano ve al eminente falangista y le perdona la vida (si es que alguien tiene derecho a perdonar nada semejante), dejándole huir por los bosques cercanos al Collell.

Y retomo un interrogante del principio: ¿héroe? ¿Quién es el héroe? El propio Cercas, tal vez. O el falangista. Si es Sánchez Mazas… Dejadme decir: qué héroe más pusilánime. Pero es que Cercas así lo quería: el falangista no es una persona decente. Es un cobarde, aunque inteligente y culto, se llega a sugerir en un momento. Como cualquier persona: el héroe ha perdido su brillo. Lo que interesa es mostrar una realidad cruda, y lo que surge es un mito de lo terrenal. Quizás alguno se pensaba que para ser poeta se tiene que ser valiente… Claro que no. Si alguien se podría calificar como valiente ese es Miralles, el personaje más novelesco y mejor definido de toda la obra. Ese “guerrero de las buenas causas por casualidad”, que dice Vargas Llosa, ese “héroe sin quererlo ni saberlo, que, desfigurado por una mina después de pasarse media vida batallando, sobrevive como un discreto, invisible desgraciado, sin parientes, sin amigos, recluido en una residencia de ancianos de mala muerte, a donde va a sacudirlo de su inercia y su aburrida espera del fin, un novelista empeñado en ver épicas grandezas, gestos caballerescos—pura literatura—donde el viejo guerrero sólo recuerda rutina, hambre, inseguridad, y la imbécil vecindad de la muerte”. Es el héroe, bastante trágico, es mitología. El héroe que ha convivido con la muerte, que ha estado en el aquí y el allí; que es encumbrado por un humano de medio pelo lustros más tarde.

Y al final la gran incógnita: ¿fue Miralles el soldado republicano que, pudiendo delatar y acabar con la vida de Sánchez Mazas, le dejó escapar? Quizás, quizás, quizás. La palabra habla de sí misma, y la palabra es lo único que pervive. Cualquier invento es mejor que la realidad. Pero, perdónenme, eso ya lo habíamos dicho…

[1] Hay que leer a la profesora Nussbaum y su Love’s Knowledge, para quien hay una Verdad (o una parte de la Verdad) que no responde a méritos de la filosofía sino de la literatura. Cambia esa experiencia racional por una experiencia vital literaria.

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